Era
socio mayoritario de una firma importante de
Wall Street, dueño de un popular
club nocturno, un instructor de kárate con
cinturón negro de cuarto grado, y tan
próspero y contento como siempre había
soñado. Criándome en
las calles de Brooklyn, Nueva York, pronto
aprendí que la pelea era la manera para
sobrevivir. Boxeé como joven, pero luego me
introdujeron a las artes marciales y
encontré en eso la respuesta para la
autodefensa. Me volqué totalmente por muchos
años en el entrenamiento, la instrucción y
competición y nunca me aparté de una pelea
cuando me tenía que defender a mí mismo y a
otros.
Cuando terminé el instituto, empecé a
trabajar en Wall Street y pronto me di
cuenta que era un buen sitio para estar. Las
primas de algunos de los operadores
igualaban mi salario de todo el año. Presté
atención y trabajé duro, primero como
aprendiz y luego como administrativo.
Ascendiendo de socio adjunto a socio
principal, el dinero llegaba en grandes
cantidades. Fui llamado un genio del
comercio bursátil por uno de los corredores
de bolsa más prominentes de Wall Street. Más
tarde, ante la oportunidad de invertir, abrí
un club nocturno en el corazón de Brooklyn y
pronto me di cuenta de la influencia que los
bajos fondos tenían sobre esa industria. Al
mismo tiempo gané favor con la mafia por
ayudar a resolver una disputa territorial.
Desde entonces, permanecí en gracia con
ellos. Me gustaba la influencia que me venía
por esta nueva relación con aquellos hombres
poderosos del hampa. Tenía éxito en las
calles de Brooklyn y éxito en la industria
conocida como “Wall Street”. Tenía todo lo
que el mundo ofrecía. Era próspero, o sea,
como el mundo mide la prosperidad; sin
embargo, sin darme cuenta, estaba en la
bancarrota espiritual. Jesús dijo:
“¿Qué
aprovechará al hombre, si ganare todo el
mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa
dará el hombre por su alma?”
(Mt. 16:26). Era religioso y miembro de una
iglesia, pero no tenía una relación personal
con Jesucristo. Las palabras que Jesús
habló: “…el que
no naciera de nuevo, no puede ver el reino
de Dios” (Jn. 3:3) me eran
una idea completamente ajena.
En aquellos días, uno de mis amigos más
íntimos de Wall Street se convirtió y empezó
a compartir el Evangelio con mi familia.
Como resultado de sus esfuerzos mi esposa
Janet, aunque religiosa y muy bien entrenada
en un colegio católico por ocho años, se dio
cuenta de que no tenía una relación personal
con Jesucristo, y recibió el regalo de la
vida eterno. Empezó a orar por mí, y aun más
importante permitió que Dios le cambiara la
vida. Cuando empecé a ver la diferencia que
Dios había hecho en su vida, empecé a
cuestionar la relevancia de mi vida. Lo
tenía todo, pero algo faltaba. Aquello
estaba a punto de cambiar.
Mi hijo mayor asistió a una actividad de
jóvenes en una iglesia bautista de Brooklyn
y no mucho después el pastor nos visitó.
Como puedes haber experimentado, a veces
aquellas visitas no agradaban, pero Dios
estaba obrando. El pastor nos invitó a su
iglesia y decidimos visitarla. El Evangelio
que escuché continuó la obra en mi corazón
que había empezado con mi amigo de Wall
Street y continuado con mi esposa. El 19 de
noviembre de 1979 el pastor Jerry Walker
visitó nuestro hogar y me hizo una pregunta
que cambiaría mi vida para siempre: “Si
murieras en este momento, ¿dónde pasarías la
eternidad?” Sabía dónde quería pasar la
eternidad, pero no sabía cómo llegar ahí.
Por supuesto, creía en Dios y creía en su
Hijo Jesucristo. Hasta creía que Él murió
por mí; pero esa mera creencia, según la
Biblia, no me estaba acercando al cielo. La
Biblia dice: “Tú
crees que Dios es uno; bien haces. También
los demonios creen, y tiemblan”
(Stg. 2:19). Entonces el pastor abrió la
Biblia y compartió el Evangelio glorioso y
el mensaje de vida eterna. La Biblia dice:
“La fe es por el
oír, y el oír, por la palabra de Dios”
(Rom. 10:17).
Aquella misma noche por su gracia, por fe
recibí el regalo maravilloso de la vida
eterna. Entonces comprendí lo que faltaba
en mi vida. También comprendí que lo que es
realmente importante es conocer a Dios y
tener una relación personal con él. La
Biblia dice:
“Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su
sabiduría, ni en su valentía se alabe el
valiente, ni el rico se alabe en sus
riquezas. Mas alábese en esto el que se
hubiere de alabar: en entenderme y
conocerme, que yo soy Jehová”
(Jer. 9:23-24).
Lo tenía todo, conocimiento, fuerzas y
riquezas, pero lo que casi perdí era lo que
más necesitaba, al Señor Jesucristo. Era
como el rico insensato en la Biblia que
dijo: “Alma,
muchos bienes tienes guardados para muchos
años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero
Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a
pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de
quién será?” (Lc. 12:19-20).
Doy gracias a Dios por mi salvación y le
alabo por su gracia maravillosa.
Después de mi salvación, empecé a estudiar
la Biblia y a buscar la voluntad de Dios
para mi vida. Empecé un estudio bíblico en
Wall Street y vi a muchos de mis compañeros
de trabajo convertirse. Seis años más tarde
mi familia empezó una nueva vida en
Charleston, Carolina del Sur donde era
presidente de tres corporaciones y tenía
grandes oportunidades para compartir el
Evangelio con otros. Serví en una iglesia
bautista como diácono y profesor de la
escuela dominical y cantaba en el coro.
También fundé el ministerio “Kárate para
Cristo” a través del cual muchos jóvenes y
adultos se convirtieron. En 1993 el Señor me
llamó a servir a tiempo completo. Después de
vender nuestro hogar en el puerto de
Charleston y liquidar nuestros negocios,
fuimos a Greenville para prepararnos para el
ministerio pastoral. Después de graduarme de
la universidad Bob Jones en 1999, pasé a
formar parte del personal ministerial de la
Iglesia Bautista Calvario en Simpsonville.
Había servido en esta iglesia desde 1995
como diácono, profesor de escuela dominical
y miembro del coro. Es mi privilegio servir
al Señor presentando el Evangelio a nuestra
comunidad, ver a almas convirtiéndose y
ayudarles a crecer en la semejanza de
Jesucristo a través del estudio y el
discipulado.
Escribo esto para que sepas que estoy
preocupado por tu alma y que lo consideraría
un honor poder ayudarte a tomar el paso más
grande de tu vida. Dios obró un milagro en
mi vida y puede hacer lo mismo en ti. Hubo
un tiempo cuando asesoraba a la gente en
decisiones financieras que les daba unos
beneficios temporales, pero no hay gozo más
grande que ayudar a otros a invertir su vida
en Jesucristo con recompensas eternas.
“Y decía a
todos: Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día,
y sígame. Porque todo el que quiera salvar
su vida, la perderá; y todo el que pierda su
vida por causa de mí, éste la salvará”
(Lucas 9:23-24). Desde las calles de
Brooklyn, a las plantas de Wall Street, a
senderos de oro, la dirección de Dios cambió
a un pecador en un santo y quiere hacer lo
mismo para ti. Si no estás seguro donde
pasarías la eternidad, déjame enseñarte de
la Palabra de Dios su plan para tu vida.
—Pastor Roberto Graciano