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“¿Con qué me presentaré ante el SEÑOR, y adoraré al Dios Altísimo” ...“Oh hombre, Él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide el SEÑOR de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios” (Miqueas 6:6,8).

Dios tiene pleito con su pueblo, y el Señor le pregunta: “Pueblo mío, ¿qué te he hecho o en qué te he molestado?” (v.3). Ahora escuchamos la respuesta de Israel. Podíamos decir que le devuelve la pregunta diciendo: ¿con qué me presentaré ante el Señor, y adoraré al Dios Altísimo? A primera vista parece una respuesta estupenda a la acusación de Dios. Parece la respuesta de un corazón arrepentido, como clamaban en Pentecostés: ¿Qué haremos, varones hermanos?

Pero en realidad aquí no es así. Israel quiere mercadear con el Señor. Por eso dicen: Señor, dinos, pues, lo que quieres tener. ¿Millares de carneros o diez mil vasijas de aceite, y si esto no es suficiente te daré mi primogénito, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma? Israel tiene de todo de sobra, para que Dios sea bondadoso con ellos. El Señor sólo tiene que decir lo que quiere tener, para hacerlo. Pero Israel no implora la gracia. No le dan a Dios la ofrenda de un corazón contrito y humillado. Tampoco están afligidos y avergonzados. Quieren hacer con Yahweh como hacen con los ídolos. Estos ídolos se mostraban bondadosos con la abundancia de ofrendas. Se compraban sus favores. Así quiere Israel hacer con su Dios. Incluso se atreven a hablar de sacrificios cruentos de personas, los cuales el Señor detestaba. Parece bonito, pero es una propuesta horrorosa y pagana. Israel pretende redimir su pecado. Eso también es un deseo de nuestro corazón. Nosotros querríamos dar a Dios: carneros, vasijas de aceite, incluso el primogénito. Pero hay una cosa que sobre todo no queremos dar al Señor. No queremos darle nuestro corazón. Ofrecer ofrendas, sí, pero no romper con el pecado. Probablemente hacerlo todo, pero no dejamos ser salvos por gracia. Buscamos contentar a Dios con carneros y vasijas de aceite. Pero menospreciamos la ofrenda de Dios, dada en el Señor Jesucristo. No, en manera alguna es adecuado lo que aquí propone Israel. En el fondo es enemistad y, a pesar de todo, quieren aferrarse a sus pecados. Con eso también nos muestra hasta que punto había desaparecido el conocimiento de Dios en los días de Miqueas. Sitúan a Dios en paralelo con los ídolos. ¡Cuánto se ha enturbiado el concepto de Dios por el pecado!

El Señor no toma en consideración la pregunta de Israel. En silencio, el Señor pasa de todas sus ofrendas. Israel piensa: Tengo que hacer algo especial. Cuanto más se desgarra el corazón, más duele para dejarlo, y será más agradable para Dios. Así llegan a la horrenda propuesta de sacrificar a los niños. Mientras tanto se aferran a sus pecados favoritos. En el fondo quieren continuar con su vida fuera de Dios. El profeta en nombre de Dios debe decir a Israel lo que el Señor en realidad exige. El mensaje dice así: “Oh hombre, Él te ha declarado lo que es bueno, y lo que pide el Señor de ti: hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios”. Escuchamos aquí la verdadera conversión del hombre. Si Israel escucha bien esta respuesta de Dios, por esta palabra aprenderá a reconocer su miseria. Verán que nunca han hecho lo recto delante de Dios y su prójimo. En esta respuesta encontrarían su redención. Amar misericordia aquí no se trata solamente hacer bien al prójimo, sino sobre todo amar la misericordia de Dios. Abrazar la salvación en Cristo. Quizás tú digas: pero esta no es una respuesta a la pregunta de Israel. En realidad esta es una verdadera respuesta para Israel. Aquí Dios le enseña a Israel, que la reconciliación no es obra de Israel. De eso no se puede encargar Israel y tampoco necesita encargarse de ello. De eso se ha encargado Dios. Él Mismo ha proporcionado un Cordero para el holocausto. Nosotros jamás podíamos traer una víctima expiatoria. Eso tampoco nos lo exige Dios. Él nos pide: hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios. Esto quita de nuestras manos todas nuestras víctimas expiatorias. No necesitamos poseer nada para la liberación de nuestra alma. Pues Dios quiere mostrarnos, que Él Mismo se ha preocupado de la reconciliación. Una reconciliación tan completa, que ante eso sólo nos corresponde una actitud, la del publicano: “Oh Dios, sé propicio a mi, pecador” (Lucas 18:13)

C. Harinck

“En la Calle Recta”  Año XL, Núm. 213, Julio - Agosto 2008

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