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Relato de un hombre sensato

Diez de la noche. Su estado no era concebible en un hombre que debía tener todas las respuestas después de haber repasado reiteradas veces la Torá y tantos libros que había acumulado en sus largos años de estudio. Pero aún permanecía perplejo, reflejaba un vago gesto de abatimiento que no lo dejaba distraerse en otros asuntos. Sentía como si algo le faltara, como que algo no estaba bien, un extraño sentimiento de vacío. Todo fue desde que escuchó a aquel Rabí que extrañamente atraía a multitudes por los discursos que emitía con una carga de sabiduría difícilmente redargüible. Eso abrió paso a ciertos cuestionamientos que no eran de esperarse en un fariseo piadoso y reconocido por su conocimiento en las Escrituras, que, según él, de­bieran ser las armas para asegurar su salvación. Pensó otra vez en las palabras del Rabí y creyó que tal vez él lo despejaría de sus dudas. Por fin decidió visitarlo, no importándole los reproches que sufriría por acudir a un hombre que desprestigió duramente la posición de los fariseos.

Fuera de las obra

“Entonces Nicodemo fue a Jesús y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. Y Jesús le respondió: de cierto, de cierto  te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer? Y Jesús le respondió: el que no naciere de agua y de Espíritu no puede ver el reino de Dios" (Juan 33-5).

Nicodemo, un maestro de la ley ¿no sabía cómo entrar al reino de Dios? Es que Nicodemo, siendo fariseo, creía que guardando la ley, las tradiciones y con una vida de buenas obras tenía asegurada su salvación. No entendía que sus obras no bastaban para ser salvo porque aún estaban contaminadas por su pecado: Para entrar al reino de Dios hay que ser verdaderamente justo. Es por esta imposibilidad de "justicia completa” por el hombre, que Jesús no adjudica las obras como medio de salvación, sino por el nacimiento del agua y del Espíritu que sólo lo hace viable él mismo.

Es por el Espíritu

Nacer del agua y del Espíritu significa que Dios nos hace limpios de todo pecado (nacer del agua) y justos (nacer del Espíritu) para entrar a su reino. Así como en el libro de Ezequiel 36:25-27 dice: "Esparciré sobre vosotros agua limpia y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias... os daré corazón nuevo y pondré mi Espíritu en vosotros y haré que andéis en mis estatutos y los pongáis por obras"

Entonces ¿cómo es que el Espíritu de Dios llega a morar en el hombre?

Nicodemo pudo haber estado entre el gentío que escuchaba a Juan el bautista cuando clamaba con gran devoción desde el río Jordán ¡arrepiéntanse para limpiar sus pecados! O mejor aun cuando Jesús mismo se le acercó y aquél le dijo delante de las multitudes ¡he aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo! Haya estado o no en ese gran momento, lo sabría por otros fariseos que sí lo estaban escuchando. Juan quería hacer entender que todos eran pecadores ante Dios (aun los fariseos), y que el Mesías venía para salvarlos. Lo figuraba como el cordero. Ese mismo al que el sumo sacerdote sacrificaba cada año para limpiar sus pecados y los del pueblo. Aunque todavía era insuficiente, porque esa sangre no podía quitar los pecados, ni el sentimiento de culpa en el hombre, de modo que Cristo mismo tuvo que ser el sacrificio. Santo y perfecto, murió en la cruz, una vez y para siempre para quitar el pecado de todos y hacerlos perfectos ante Dios. Es a partir de ello, que el Espíritu de Dios mora en el hombre, hecho justo por un sacrificio perfecto que paga la deuda del pecado que es la muerte (separación de Dios). Y en esto se resuelve su salvación, cuando Dios nos dice: “nunca más me acordaré de tus pecados y transgresiones” (Hebreos 10:17). Entonces sólo aquél que se arrepiente genuinamente de sus pecados y se apoya en el sacrificio de Cristo es salvo.

Seguramente Nicodemo lo entendió aquella noche. Fue un hombre piadoso que buscaba entender la verdad. Aunque también pudo ser un hombre tan impío que no se creía digno de la salvación. Sea lo que fuere, no se dejó intimidar por aquella percepción de sentirse confun­dido, que al final llegó a la decisión de ir a aquel maestro, que un día le había descubierto un profundo vacío y que ahora se había mostrado como la misma Verdad para tener vida eterna.

-Doris Alcón

Tomado de "Mensaje de Paz" Número 375 Mayo 2012
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